Sucede con los ingenios tecnológicos que en su nacimiento parecen muy alejados de la vida cotidiana, el desconocimiento se suele confundir con complejidad, la novedad induce reservas y sus primeras aplicaciones suelen quedar reservadas a la industria.  Pero con el paso del tiempo los nuevos conceptos se incorporan al lenguaje habitual y el recelo inicial acaba cediendo ante la innovación, un ciclo que se repite con cada  vez. En la historia reciente encontramos ejemplos muy evidentes como los smartphones o más recientemente el boom de los drones.

Ha llegado el turno de los robots colaborativos. Asociados típicamente a procesos industriales, a grandes cadenas de montaje, lo cierto es que  este tipo de robots tienen infinitas aplicaciones más cercanas a la gente. Su principal fortaleza es estar diseñados para trabajar en un ambiente humanizado,  su capacidad de convivir con las personas. ¿Qué actividades pueden llegar a realizar? El límite ya no es tecnológico sino de creatividad, con el vídeo que ilustra estas líneas tenemos un ejemplo más de hasta que punto están destinados a cambiar nuestras vidas en un futuro inmediato.